Tormantos y otros paraísos

La Serrana de Tormantos

En un pequeño pueblo de Extremadura llamado Garganta la Olla, allá por el siglo XVI, vivía una familia acomodada conocida por “Los Carvajal”. Por contar con una gran fortuna, el padre de familia se dedicaba al alegre ejercicio de la caza y su esposa e hijas a labores “más mujeriles”. Una de las hijas llamada Isabel disfrutaba mucho más de acompañar a su padre cuando este salía a cazar, motivo por el cual era conocedora de cada rincón y cada piedra que había en los montes desde Tormantos hasta Monfragüe.
Isabel era una mujer de belleza singular, muy femenina. De hermosas facciones y con un cuerpo exuberante. Pero también tenía una gran fortaleza física debido a sus aficiones, que dicho sea de paso, eran poco comunes para una mujer de la época: montaba a caballo, cazaba jabalíes y lobos con ballesta, sabía utilizar como nadie la honda… Era brava y valiente, más que muchos hombres de su entorno. Aunque ella se sentía tremendamente orgullosa de sus virtudes, los hombres de la villa la miraban con una mezcla por igual de miedo y deseo. Esto hacía un poco más complicado el empeño de su padre por encontrar un pretendiente a la altura de semejante mujer. Preocupado éste por no hallar un marido para su hija, le instaba una y otra vez a que dejara los montes y los cambiara por otras actividades más acordes a una dama, pero Isabel contestaba a su padre con gran seguridad: “ Padre, el que será mi marido me querrá por como soy”.
Cierto día llegó a Garganta la Olla un joven caballero de origen noble llamado Lucas. Era el sobrino del Obispo de Plasencia. Animado por su tío y por las maravillas que ofrecía la zona extremeña pasaría ese verano viajando por los pueblos de alrededor de Plasencia y practicando también su afición a la caza. Para darle la bienvenida a la villa, Los Carbajal ofrecieron una comida en su honor y fue en dicha celebración que conoció a Isabel. La muchacha se sintió atraída por Lucas desde el primer momento y éste comenzó a rondarla y adularla con gran elegancia. Lucas era, sin duda, distinto a todos los hombres que vivían en la villa.
Así como al principio su padre le recriminaba sus actividades varoniles, pronto empezó a advertirle de las intenciones del noble recién llegado: “Hija mía, debes tener cuidado con estos nobles caballeros, sólo buscan la diversión con muchachas bellas como tú y van dejando sufrimiento por donde pasan”.

      Pero era demasiado tarde. Isabel estaba completamente enamorada. Jamás nadie la había cortejado con palabras tan dulces, tan bellas. Era su primer amor. Lucas aprovechó la ingenuidad de Isabel y sabiendo que las promesas de amor eterno le daban resultado, hizo como tantas otras veces. Montó a Isabel en su caballo y ese monte fue testigo de la petición de matrimonio: “Isabel, eres la mujer más hermosa que he visto jamás. Te quiero y quiero que seas mi esposa. Tengo que viajar a Plasencia, pero antes de que termine el verano, volveré a buscarte y nos casaremos.” Bajo juramento de amor eterno, Isabel le entregó su corazón y su honra.
Tras este encuentro Lucas tenía que regresar a Plasencia, no sin antes recordarle a Isabel que le esperara. Volvería por ella, se casarían y la historia de amor no acabaría nunca.
Isabel esperó cada día la llegada de Lucas. El verano acabó y su amado no aparecía. Un amor que nunca acabaría se estaba convirtiendo en algo que nunca llegaba. Isabel era cada vez más consciente de lo sabio que había sido su padre al advertirle. Había desoído sus consejos.

Tras muchos días sin noticia alguna de Lucas, apareció por el pueblo un sirviente del Obispo de Plasencia. En una taberna comenzó a relatar lo emocionado que estaba el Obispo al conocer la noticia de que su sobrino, Lucas, quería hacer también carrera eclesiástica. Se ordenaría sacerdote y seguiría los pasos de su tío. A oídos de Isabel llegó la terrible noticia. Lucas la había abandonado condenándola a ella y a su familia a la más cruel de las deshonras, aquella que dura toda la vida. Al enterarse su padre, apenado y desolado, repudió a su hija. Ya nadie querría casarse con ella. Se había convertido en la comidilla del pueblo.
Isabel, humillada, abandonó su hogar y juró venganza. Sabía muy bien donde estaba el sitio en el cual no sería juzgada. Decide echarse al monte, el lugar que mejor conoce. Allí, sola, se refugia en una cueva, vive de lo que caza y la naturaleza le ofrece. Repudia a todo hombre y jura vengarse de todo el que encuentre en su camino. Y así lo hace.

La Sierra de Tormantos se convierte, durante un tiempo, en un escenario de terror. Isabel de Carvajal, por su parte se convierte en la Serrana de la Vera.
Todo viajero, pastor o cazador que tuviera la osadía de adentrarse sólo en las Sierras de la Vera y tenía la desgracia de encontrarse con la avezada Isabel, desaparecía.
La Serrana se movía con gran destreza por los montes. Con sus cabellos recogidos bajo montera, ballesta al hombro, cuchillo en la cintura y ataviada con media falda, observaba escondida a todo hombre que pasaba. Se cruzaba en su camino, y lo seducía con su hermosura y presencia. Como hipnotizados por su belleza, se dejaban arrastrar hasta su cueva. Una vez allí, los alagaba y les ofrecía buena comida y buen vino, y tras satisfacer sus instintos sexuales, los mataba. Una vez muertos, enterraba a los hombres cerca de su cueva. Cuando eran ya esqueletos, recuperaba diferentes partes de sus cuerpos para fabricarse toda clase de enseres.

Isabel se había convertido en una despiadada asesina. Era buscada y perseguida, pero nadie daba con ella.

Un buen día, un joven pastor que estaba perdido en la Sierra se encontró cara a cara con Isabel. Conocía lo que estaba pasando con los hombres que se adentraban en el monte, pero no creía que esa mujer pudiera ser la culpable de todo aquel horror. Seducido por su belleza va a su cueva y una vez dentro comprueba la cantidad de cráneos y huesos humanos que hay. Estaba ante la cruel depredadora. La Serrana comienza su ritual de comida, vino y sexo. El muchacho que intuye su final le ofrece más vino a ella del que toma él esperando a que Isabel caiga extenuada por los excesos para poder escapar. Cuando se queda dormida, el pastor sale corriendo de la cueva y llega a Garganta la Olla donde da la alarma. Una batida de hombres,junto con las autoridades ,suben a la sierra, al lugar donde les indica el pastor. Allí apresan a la Serrana, que es llevada con grilletes ante la justicia de Plasencia. Isabel reconoce todas y cada una de las muertes. Para ella la venganza se había consumado. No tenía miedo a su condena porque no temía a la muerte. Fue sentenciada a morir a garrote vil. Cuando exhaló su último suspiro murió la mujer, la asesina. Y nació el mito.

El mito de la Serrana de la Vera se correspondería con el modelo femenino de divinidad de los montes. Puede asemejarse a Diana o Artemisa. Por habitar en una cueva puede asemejarse a divinidades como Mari en la tradición vasca.Pero el hecho de ser una criminal le acerca más a ser una figura monstruosa: es una mujer recia, gigante, con una fuerza sobrehumana.

Piornal identifica una piedra como lanzada por La Serrana y en Las Hurdes hay una leyenda sobre una huella gigante de la Chancalaera. Pero donde perdura la dimensión mitológica es sin duda en Garganta la Olla. En esta localidad aún puede verse la casa de la familia Carvajal, donde vivió La Serrana hasta el momento de su deshonra. También, y en conmemoración a las víctimas que murieron en sus manos se erigió una cruz en lo alto de la torre de Garganta la Olla. Y saliendo por la carretera de Yuste se encuentra la estatua de la Serrana de la Vera.

Como leyenda no cabe duda que es una historia fascinante.
Si esta historia fue real, cabe traer a este relato las palabras que recojo de un amigo para reflexionar sobre ellas: “¿Qué se rompe en el alma de un hombre para llegar a matar?”¹.
En este caso el alma de Isabel de Carbajal se rompe en mil pedazos. Se rompen las esperanzas, las ilusiones, la entrega, la admiración…un proyecto de vida. Se rompe el orgullo de ser mujer, de esperar al hombre que la merece, que la hace suya. Al que entrega todo su corazón. Se rompe una familia, la que quería formar con su gran amor y la que ya tiene. Se rompe su valentía, que se convierte en tristeza. Y esa infinita tristeza hace que muera el ser humano que nunca haría daño a nadie y surja un monstruo de corazón frío con ansias de venganza, sangre y muerte.
Hay traiciones que descomponen el alma en tantos pedazos que se hace imposible recomponer.
No me suelo poner en el lugar del monstruo en el que llega a convertirse un ser humano cuando algo se rompe en su alma y decide matar, pero vi a la Serrana de la Vera poderosa, mirando el monte que había conseguido fusionarse con ella, había conseguido su protección y su refugio. Seguía viendo una cazadora que quería cazar al lobo, al depredador, al hombre.
La parte humana, después de una traición, o se fortalece o se pierde.
Me quedo con su parte humana. Con Isabel, la mujer,…siempre valiente, grandiosa y libre. Siempre Serrana. En lo alto de la Vera… En la Sierra de Tormantos, o se me ocurre para ella, la Sierra de Tormentas o de Tormentos !Qué sabemos del sufrimiento del alma de esta mujer!
Lo demás…la leyenda… y más allá, el mito y el universal.
Nos encontramos  pronto aquí…al otro lado de la orilla.

¹ Francisco José Fernández Cruz -Sequera. Director del programa “Noche de Autos” y ya un amigo

 

Aqui os muestro el romance de La Serrana de la Vera:

 

Un comentario en “Tormantos y otros paraísos

  1. Yo estuve allí, contigo, visitando a esta dama…pero la historia que has contado, la narración sentida y respetuosa de lo que pudo pasar en aquella época esta MUJER es soberbia. Es una asesina, sí, y despiadada… Pero aquí describes a la mujer… A la pregunta que lanza nuestro amigo Francisco le sumo mi reflexión: no se trata de la parte del alma que se rompe, sino de la aniquilación absoluta de dicha alma. Si no, uno no puede entender el horror de matar a un igual.

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