” Aquí mataron a cinco “

 

 El crimen de Los Galindos

 

“El crimen del siglo”. Asi es como se conoce a uno de los casos más misteriosos y crueles de la crónica negra de nuestro país.Pasará a la historia también como un crimen perfecto , ya que han pasado más de cuarenta años y aún hoy la justicia no ha podido detener al culpable. Se trata de el crimen de Los Galindos.

 

Viajemos en el tiempo hasta el 22 de Julio de 1975, a una pequeña localidad sevillana llamada Paradas que contaba en este año con un censo de 10.106 habitantes. Paradas es un hermoso pueblo, típicamente andaluz, de calles limpias y galardonado por ser uno de los pueblos mejor cuidados de España. Se encuentra a 53 kilómetros de Sevilla. A tan sólo tres kilómetros de Paradas, se halla el cortijo llamado Los Galindos, al cual se accede por la carretera conocida como  El Palomar. Los Galindos era propiedad de los marqueses de Grañina. En un principio este cortijo pertenecía a un hermano de la marquesa, Francisco Delgado Duran, que lo adquirió en el año 1950, pero tras sufrir un accidente de tráfico cuando tan sólo tenía veinte años, la propiedad pasó a sus padres que la cedieron a su hija María de las Mercedes Delgado Durán. Estaba casada con Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, marqués de Grañina y descendiente directo del Gran Capitan. El cortijo contaba con 400 hectáreas donde se cultivaban trigo, cebada, girasol y aceitunas. Era un negocio muy rentable y bien cuidado. Se accedía a él por un camino de tierra rojiza. Una vez dentro se podía ver un gran caserío con dos cuerpos, cobertizo al fondo y a ambos lados, las viviendas. La más grande y con mejores prestaciones era la de los marqueses. Al otro lado estaba la vivienda del capataz llamado Manuel Zapata Villanueva de 59 años, que vivía con su mujer, Juana Martín Macías de 53. El cortijo también contaba con un gran patio rectangular, cuadra, garajes, casa de máquinas, báscula para vehículos pesados, empacadora, parque subterráneo de gasoil con elevador automático y taller de reparación para todo tipo de vehículos…Era, sin lugar a dudas, una gran propiedad. Los Galindos también daba trabajo a un buen número de tractoristas y jornaleros fijos.

 

El día del brutal crimen se caracterizó por ser el más caluroso del año. Cincuenta grados se alcanzaron en la localidad de Paradas. Todo sucede una tarde alrededor de las cuatro. La tierra ardía. Un asustado y jadeante Antonio Fenet de 42 años y jornalero del cortijo, aporreaba la puerta de la casa cuartel de la guardia civil de Paradas. Había despertado al cabo Raúl Fernández de su siesta al grito de “¡Los han matado, los han matado! .El cabo y los demás miembros de la guardia civil se personan media hora más tarde en el cortijo y contemplan atónitos como en el cobertizo se arremolinaban los trabajadores que eran testigos junto a  ellos del humo que salía .Allí pasaba algo extraño. Cuando se acercaron al cobertizo pudieron comprobar que en lo alto de una pila de balas de paja había dos cadáveres calcinados. Posteriores investigaciones aclararían que se trataba de los cuerpos de José González Giménez de 27 años y tractorista del cortijo, y su mujer, Asunción Peralta Moreno, de 34 años. A pie, y  llevando por primera vez en su vida  las pistolas en mano, continuaron revisando la hacienda. Se dirigieron hacia el patio del cortijo donde había un reguero de sangre que llegaba hasta la puerta de la casa del capataz. La puerta estaba cerrada por fuera con un candado. El cabo rompió a tiros el candado y dentro de la casa comprobaron que había un segundo rastro de sangre con dos tramos perfectamente diferenciados: uno de ellos parecía un brochazo en el suelo, el otro tramo era un reguero de gotas que terminaba en una habitación donde había tan sólo dos colchones enrollados. En medio de los colchones se encontraba el cuerpo de la esposa del capataz, Juana Martín Macías. Se hallaba tendida de espaldas con el cráneo y la cara destrozados a golpes. Atónitos ante el macabro hallazgo, los guardias civiles pidieron refuerzos. El teniente coronel Cuadri, un capitán, un sargento y nueve guardias civiles más, llegan a Los Galindos acompañados también por el juez de paz Antonio Jiménez . Con horror, el cabo Raúl Fernández avanza hacia su jefe y sólo puede decir, antes de romper a llorar histérico: “A la orden ,mi teniente coronel, hay tres muertos”.

 

A esas alturas de la tarde, Los Galindos parecía una feria. Se había llenado de vecinos del pueblo y trabajadores de la hacienda, formando una gran comitiva junto a los miembros de la guardia civil. Cuando se estaba poniendo el sol, un grupo de vecinos encontraron bajo un montón de paja apilada al lado de un árbol el cadáver de otro de los tractoristas, Ramón Parrilla González de 40 años. Ramón Parrilla tenía el pecho y los antebrazos cubiertos de plomo de cartuchos de posta. Al darle la vuelta encontraron que tenía en la espalda un gran orificio igualmente repleto de plomo y carne calcinada.

 

A partir de ese momento ya hay una primera hipótesis de lo que ha ocurrido en el cortijo: El capataz Manuel Zapata, que estaba desaparecido, era el culpable de aquella matanza. La guardia civil sostuvo que Zapata mantenía una relación sentimental con Asunción Parra, mujer del tractorista José González.  José va en busca de su mujer y la lleva a la hacienda para que confiese su adulterio. Ya en el cortijo Zapata y José discuten y en un ataque de celos Zapata mata a José y a Asunción. La mujer del capataz, que sería testigo indiscreto de todo,se convierte en víctima también de su marido ,que decide matarla para que no pueda delatarle. Zapata comienza así su huida y desaparece. Esta versión tan increíble de los hechos fue aceptada por todos. El juez titular en ese momento se encontraba de vacaciones y a cargo del caso quedó el juez de paz que aceptó esta versión y ordenó búsqueda y captura contra el capataz.

 

El miedo se instaló en Paradas y en el cortijo. El fantasma de Zapata vagaba por cada casa de los vecinos del pueblo. Fueron días de silencios, desconfianzas y horror. Pero sólo fueron días, tres concretamente. Tan sólo tres días después de lo sucedido fue encontrado el cadáver de Manuel Zapata envuelto en un plástico y bajo unos montones de paja a tan sólo cinco metros de la pared exterior de la sala de máquinas del cortijo. El cuerpo presentaba heridas punzantes en la espalda como si le hubiesen pinchado con un tridente de los que se utilizaban para acarrear paja. En realidad la autopsia certificaría que la causa de la muerte del capataz habían sido varios golpes que había recibido en la cabeza . Tenía el cráneo hundido por este motivo. También certificó el forense que en realidad había sido el primero de todos en morir,con una diferencia de horas con respecto a los demás cadáveres. La versión oficial no se sostenía.

 

La guardia civil mantiene una segunda versión. Para ellos lo que ocurrió en realidad es que José González, el tractorista, habría matado en primer lugar al capataz por odios acumulados durante años, dado que le había impedido ser novio de una de sus hijas.  Después habría matado a la mujer de Zapata y al tractorista por ser testigos accidentales e indiscretos. Finalmente habría llevado a su mujer al cortijo y en un ataque de locura la habría asesinado prendiendo fuego a su cadáver. Fuera ya de sí, terminaría con su propia vida tirándose voluntariamente al fuego.

 

Aunque esta versión alternativa puede parecer más inverosímil que la primera, no debemos olvidar que estamos en el año 1975. Es una época en la que en Andalucía dominaba el caciquismo. El régimen seguía siendo el régimen. Los marqueses movieron influencias y aquella versión fue aceptada por todos. El juez de Carmona, Víctor Fuentes con todas las conclusiones de la Guardia Civil y la policía local, cierra el caso remitiendo el sumario a la Audiencia de Sevilla. Posteriormente el juez Antonio Moreno Andrade reabre el caso a instancias de la familia de José González por no estár conforme con la acusación de la autoría de los hechos sobre el tractorista. En 1978 volvía a cerrarse el caso.

 

El sumario del crimen de Los Galindos permaneció “dormido” hasta que en el año 1981 el juez Heriberto Asensio Cantisán reabre el caso tras recibir en su juzgado una extraña carta anónima dirigida al que era por aquella época alcalde de Paradas. En ella un desconocido sicario se responsabiliza de las muertes del cortijo. Lo curioso de esta carta es que estaba remitida desde Zaragoza con fecha de 18 de febrero de 1976.El contenido de esta carta era inconsistente, pero suficiente para que el juez Heriberto Asensio trabajara junto al policía Jose Antonio Vidal con el fin de intentar hallar respuesta a las muertes de todas aquellas personas de la finca.El juez ordenó la exhumación de los cadáveres para realizar una segunda autopsia y contó para ello con los siempre expertos servicios de uno de los mejores forenses del panorama nacional, el catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla ,Luis Frontela. Era el 27 de Enero de 1983. Frontela se llevó su tiempo, pero presentó al juez un exhaustivo informe técnico, considerado para muchos un auténtico tratado de medicina forense. En este informe llega a una serie de conclusiones: Dos personas habían participado en el traslado de Juana Martín, esposa del capataz, hasta la última habitación de la casa, y al menos dos personas habían subido al almiar los cuerpos del tractorista  José González y su mujer Asunción Peralta  que habían aparecido calcinados. Al tractorista le amputaron los brazos y las piernas para que las llamas los consumieran antes y su esposa estaba embarazada de seis meses el día de su muerte.. También demostraba por los distintos ángulos de dispersión de los perdigones de la escopeta que habían causado la muerte del tractorista Parrilla, que el asesino tenía una estatura muy superior al 1,61 cm que era lo que medía José González, el hasta entonces culpable. Por la incisión de los golpes de los cráneos del capataz Zapata y su mujer y del peso de la herramienta que se utilizó, que fue el diente de una empacadora de 1 metro de altura y unos ocho kilos, Frontela llega a la conclusión que el asesino pesaba más que los 54 kilos que pesaba José González. Y la más contundente de las conclusiones y que demostraba que José González no había sido el autor de la masacre, fue que había sido asesinado antes de haber sido tirado a las llamas. Presentaba tres golpes en el cráneo,uno de ellos propinado posiblemente una vez que la vIctima estaba ya en el suelo, pues tenía el cráneo hundido.

 

A pesar de estos nuevos datos se estaba otra vez en el punto de partida. No se sabía quien o quiénes habían sido los autores del brutal crimen. Ahora hay que buscar un móvil que no sea pasional ni de venganzas personales. El sumario y los nuevos datos obtenidos daban lugar a una serie de móviles posibles:

 

         Tráfico de drogas. En el sumario estaba recogido el hecho de que un grupo de legionarios habían acampado en la propiedad del marqués y habían buscado un lugar en el cortijo para plantar marihuana. Como no se ponían de acuerdo con el capataz, los legionarios mataron a todos. Este móvil no se sostenía, pero sirvió como argumento de la novela de Alfonso Grosso,  “Los invitados”(1978).

 

         El culpable había sido Antonio Ramirez Rodriguez, vecino de Paradas y viudo de 60 años que encontraron ahorcado con su propio cinturón en una rama de olivo al día siguiente de la matanza.Sospecharon que tras llevar a cabo los crímenes no lo soportó y acabó con su vida. Tampoco esta versión se sostenía. El hombre se había suicidado unos días antes y su desaparición ya había sido denunciada por su familia.

 

         Se sospechó del propio Marqués de Grañina basándose en que todas las víctimas podían haber sido testigos indiscretos de las muchas reuniones que se producían de militares de alto rango y conocidos ultraderechistas en la finca de los marqueses. Se descartó la relación del marqués con la matanza, entre otras cosas porque en el año 1975 no se podían investigar a las personas que participaban en dichas reuniones.

 

         Descartado todo lo anterior se persigue la utilidad que podría tener el crimen. Aparece un nuevo personaje: Antonio Gutiérrez Martinez, administrador del cortijo. Era teniente de artillería en la reserva y gran amigo del marques desde la guerra civil.Llevaba las cuentas de Los Galindos. La policía apuntó a un móvil económico , a cuentas y libros de cuentas falseados y contabilidades paralelas, pudiéndose ver el administrador envuelto en un fraude descubierto por el capataz. Amenazado con descubrir toda la trama, Antonio Gutiérrez acompañado de otra persona , habría matado al capataz y a los otros testigos. El administrador tenía coartada. Había estado en la finca acompañado por otras personas que avalaron su versión.

 

Ninguno de estos móviles pudo ser demostrado. El 11 de Mayo de 1989 se decidía por parte de la Audiencia Provincial de Sevilla poner puno y final , judicialmente, a este apasionante caso donde se materializó lo que los expertos dicen que no existe: El crímen perfecto. También pasará a la historia como una perfecta chapuza policial: se permitió que curiosos, vecinos, periodistas y hasta las cámaras de tve entraran en el cortijo y contaminaran y adulteraran pruebas, no había forense titular, ni mandos locales de la guardia civil, los juzgados estaban bajo mínimos, se destruyeron pruebas,. Fue un crimen perfecto con una investigación imperfecta.  El 22 de Julio de 1995 prescribía oficialmente el caso.

 

Lo que queda hoy del cortijo es un mudo recuerdo de lo que aconteció tras esas pareces hace más de cuatro décadas. Quizás en  esas paredes ya no quedará ni rastro de unas palabras que intentaron hacer esa justicia con las víctimas que no consiguieron hacer otros: ” Aquí mataron a cinco” .

Nos vemos pronto..aquí..al otro lado de la orilla…

 

 

 

 

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